La Joven Periodista Sol Putrino es la autora esta crítica de Adela duerme serena, la obra dirigida por Andrea Garrote que se estrenó el año pasado en el TNA – TC.
Por Sol Putrino

Ahogados, asfixiados, envueltos en un puzzle temporal: así se encuentran los personajes de Adela duerme serena. Entre tanta confusión en el tiempo, la estética indie se nos impone como única referencia para ubicarnos en unos 80 que se eternizan entre la nostalgia y el agobio. Indie por donde se lo mire, indie que te quiero así, desde la música en escena, la guitarra y las canciones al unísono, hasta los jeans altos y los sweaters de una navidad americana. Todo acomodado bajo una perfecta ternura pastel. La escenografía esencialmente rosa suaviza un poco la densidad de un clima familiar que no llega a caerse a pedazos, pero que está ahí, en un abismo a punto de romper la condensación de un tiempo múltiple.

La búsqueda de ese no sé qué es lo único que pareciera guiar a esta familia colapsada bajo la llanura de un pueblo monótono. ¿Qué tiempo debería definir a un estado de insatisfacción que excede cualquier percepción cronológica? Tal vez un poco de esto se preguntó el autor Teo Ibarzabal, o tal vez no. Bajo temporalidades diversas que conviven en un mismo plano espacial se planta la narrativa de esta obra, de la que Andrea Garrote toma la posta.

En Adela duerme serena no hay juicios, sólo hay escena. La escena de un mundo que quiere conocerse a sí mismo, saber cómo es que todo se repite: se pregunta sobre otra Adela, sobre un mismo trabajo rutinario, sobre otra vecina Inés y sobre cómo será esa otra esquina insulsa. Pero ante todo, se pregunta cómo es que se recae –una y otra vez– hacia la misma insatisfacción. La existencia de estos personajes se reitera por medio de operaciones actorales que incitan al recuerdo como reacción. Un hijo que se convierte en padre ante los ojos de la protagonista.

Y ‘bastas’ ahogados explotan en vaya a saber qué: si en el reproche o en la angustia de no haber reprochado. La actuación se corresponde a un texto dramático que nos ofrece un tiempo espeso; tanto en su estructura indefinida como en los propios personajes. Todo es tiempo y en simultáneo nada lo es. La familia se halla perdida en un lapso temporal en el que rigen múltiples puntos históricos. Una historia horizontal arrebatándose toda estructura lineal: un tiempo en el que coexiste el pasado y el presente. Un pasado que insiste con un presente que ha sido y un presente que apela a ese pasado como recuerdo. Una Adela que pareciera olvidar, pero es en ese olvido, en donde se presenta la acumulación de tiempos coexistentes. Hasta que finalmente, la existencia duerme y ya nada queda más que serenidad.

Actuación: Amanda Busnelli, Valentino Grizutti, Federico Marquestó, Laura López Moyano, Mariano Sayavedra, Emilio Vodanovich
Producción: Silvia Oleksikiw
Jefe de escenario: Paola Gonçalves, Nery Martín Mucci
Asistencia de dirección: Matias Lopez Stordeur
Música original: Federico Marquestó
Vestuario: Lara Sol Gaudini
Escenografía e iluminación: Santiago Badillo
Dramaturgia: Teo Ibarzabal
Dirección: Andrea Garrote
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